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Pasión naranja

Una ciudad en la que se habla de básquet en todos los bares, jugadores que se transformaron en dirigentes para llevar a su club a la categoría en la que hicieron historia para Mendoza. Un entrenador que lleva su vida en el club y un jugador que aprendió a los 18 años para luego dominar la región. Rivadavia, una historia de Liga Argentina.

Cuentan en Mendoza que hay una ciudad en la que las charlas de café (o de copetín) pasan por el básquet. Un distrito en el que la pasión por la anaranjada supera al resto de los deportes y es parte del día a día, en la que se habla con conocimiento de causa del torneo de entrecasa, de la selección y de La Liga. Ese lugar se llama Rivadavia, está a 60 kilómetros de la capital provincial y le disputa con éxito ser el foco de atención del básquet regional, pero en los últimos años se instaló como la plaza por excelencia para ver torneos superiores, primero con el Federal y ahora en La Liga Argentina. Un gimnasio que explota, un equipo que identifica a Mendoza detrás del color naranja y un proyecto cimentado en la tradición, porque los que hoy dirigen son los que ayer jugaban.

Mauricio Francese fue uno de los jugadores de aquel elenco de Rivadavia que estuvo cerca del ascenso a la máxima categoría argentina en 1988 y parte de los protagonistas que jugaron desde el 86 hasta entrados los 90 en la vieja Liga B, el antepasado de esta Liga Argentina.

En la comisión estamos siete de los que integrábamos aquel equipo y un poco la idea de llevar a Rivadavia a nivel nacional se planteó hace siete años para poder darle a la ciudad lo que a nosotros nos tocó vivir. Era otra época, nosotros entrenábamos menos y nos daban sólo viáticos para ayudarnos en los estudios. Hoy estamos en la lucha para darle continuidad, porque es una categoría muy linda, muy competitiva, pero en la que hay que estar en los detalles porque los errores se pagan caro y los rivales no perdonan”, explica el presidente de la institución y analiza: “Después de estar cinco temporadas en el Federal, esto fue todo nuevo. Adaptamos muchas cosas, porque es una categoría más profesional y tenemos el plus de que para nosotros todos los viajes son largos. Estamos en un proceso de adaptación y se invirtió mucho en poner la cancha en condiciones para la divisional y comprar un colectivo para abaratar los viajes. Queremos darle varios años de Liga Argentina a Mendoza y para eso estamos trabajando”.

El Club Atlético Rivadavia nació en 1974, en el centro de la ciudad, a un lado de la Parroquia y creció en las instalaciones prestadas por la iglesia, pero aquella idea de dos preparadores físicos generó una revolución en chicos (entre ellos sus hoy dirigentes) y no tan chicos, a punto tal que con la construcción del Polideportivo, la Municipalidad le brindó un lugar fijo en el que jugar y trabajar. La denominación pasó a ser Centro Deportivo Rivadavia, y hoy, por razones administrativas, el elenco de la Liga Argentina se denomina Asociación Civil Rivadavia Basket. Eso sí, el color naranja no se negocia.

Rivadavia es Mendoza y eso se nota. Sin egoísmos, la Federación y el resto de los clubes apoyan y el público acompaña. Eso sí, en el torneo local intentan desbancarlos, porque siempre son candidatos. “Tenemos todas las divisiones y dos equipos, uno en la Superliga y otro en la categoría inferior, para los chicos que por razones de estudio no pueden estar en los planteles superiores”, dice Francese, a sabiendas que la parte social no debe dejarse nunca de lado.

Marcelo Centorbi es otra de las glorias del club que hoy trabaja con el equipo y que asume la responsabilidad de estar con el plantel en el día a día. “La historia y la trayectoria de Rivadavia ameritaban jugar un torneo de esta trascendencia. En los últimos 20 años somos el equipo más representativo de la provincia en el ámbito nacional. Esto generó una mística que, creo, es merecida. Acá se trabaja con pasión, compromiso y responsabilidad. Bajo esas premisas, y con honestidad, las puertas de cualquier lugar se abren. Esto es una suma de voluntades que hoy disfrutamos”, resume a la hora de hablar de los méritos de Rivadavia para estar entre los mejores elencos del país.

Pero la historia de identificación con la camiseta no pasa sólo por la dirigencia, ya que Fernando Minelli, entrenador del equipo, comenzó a jugar en Rivadavia y fue recorriendo categoría por categoría hasta que llegó la hora de colgar las zapatillas y comenzar a entrenar, paso a paso, hasta que marcó época en la primera división del Naranja, que se quedó con todo a nivel local y provincial para luego dar el salto al Federal y a la Liga Argentina.

Llegó la invitación porque desde 2012 jugamos en el Federal y hemos tenido muy buenos torneos. Mendoza es una palaza fuerte, y éramos el equipo más representativo y de mejor actualidad. Sabemos que es un desafío grande, pero estamos superando el proceso de adaptación, dando pelea y tenemos un presente de estar en mitad de tabla que si te lo decían antes de jugar, lo firmábamos”, cuenta Minelli, quien tiene objetivos razonables: “Hacer pie en la categoría, no tener problemas de descenso, ver qué nos falta dentro y fuera de la cancha para mejorar. Jugar seguido y los viajes son toda una novedad y esperamos poder terminar bien”

Minelli se muestra feliz con el acompañamiento de la región. “Somos una gran familia, con estos buenos años la gente se identificó y nos siguen mucho. Además, es un lugar chico y nos conocemos todos”, argumenta e informa que se trata de un plantel en el que ninguno de los jugadores había pisado una cancha de Liga Argentina. Además de los juveniles se mantienen en el equipo otros tres valores hechos en casa, Andrés Llaver, Stéfano Arancibia y Abel Trejo, lo que marca una vez más la base que identifica a la ciudad.

Justamente, Chiquito Trejo tiene toda una historia de vida ligada al básquet, otra más. “Empecé a jugar al básquet a los 18 años, sólo había jugado un poco en la primaria, pero en Rivadavia me invitaron a ir y probé. Me costó mucho aprender y le metí muchas horas de entrenamiento. Iba a antes del horario de mi categoría y estaba una hora, después con mi categoría y luego con la primera. Y de a poco me fui ganando mi lugar”, dice Trejo, mientras cuida a una de sus hijas que no está tan de acuerdo con que el padre le preste mayor atención de la debida al celular.

“Estamos bien, tratando de adaptarnos a la categoría porque somos todos jugadores que venimos del Federal. Nos falta un poco de experiencia en la categoría”, analiza.

Trejo es de Reducción, una localidad cercana a Rivadavia, trabajaba junto a su padre y hoy vive junto a su familia en una finca camino a El Carrizal. Su vida parecía destinada a ser contratista de viñas por herencia familiar, pero el básquet torció su destino cuando lo vieron en la terminal de ómnibus con su indisimulable exuberancia de centímetros.

Lo vimos, lo invitamos, pusimos entrenadores a trabajar con él en tiempo extra y se prendió, le gustó. Marcó una diferencia grande en el básquet de la zona y en el Federal”, brinda su anécdota Francese, mientras que Minelli fue uno de los que trabajó con el en aquellos años de aprendizaje tras tomar la posta de Fernando Ronco.

“Abel tiene la ventaja de ser muy alto y de aprender rápido. Nos llevó a andar bien en los torneos anteriores y en esta categoría va mejorando partido a partido, incluso superando una lesión. Aporta mucho en defensa también”, cierra Minelli.

Son hombres de la casa, nacidos en la tierra del vino pero también del básquet, unidos por una pasión que es naranja en todo sentido y que se esfuerzan en mantener la tradición y extenderla a la nueva generación. Para que cuando en una mesa de bar si hable de algo en Rivadavia, sea de básquet.

 

Fuente: David Ferrara

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