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Milagros Birge y el basquet: Pasión, refugio, libertad y hermandad

Milagros Birge nació en Viedma, hizo gimnasia artística, jugó al básquet en dos clubes de su ciudad y en la Selección de Río Negro, se operó dos veces de la vista, vino a La Plata y a los meses regresó al sur, sufrió ataques de pánico y problemas de alimentación, terminó el Secundario, volvió a las diagonales, jugó en Estrella de Berisso, abandonó la carrera de óptica ocular y optometría, empezó Educación Física y encontró su lugar en el Club Platense. Es un montón, pero sólo una parte de la vida de una chica de 21 años que ahora, en un acto de valentía, cuenta el capítulo más doloroso de su historia: los abusos sexuales por parte de su abuelo materno. Este 3 de junio, cuarto aniversario de la primera marcha de Ni Una Menos, no es un día como los demás.

Nació y creció en Viedma, capital de Río Negro. Es la menor de cuatro hermanos, hijos de profesores de Educación Física y directores de Escuelas Secundarias. En esa “ciudad con ambiente de pueblo” y en el transcurrir de una niñez muy difícil forjó el carácter combativo que la hace vibrar cada domingo en la cancha de básquet. Recién había comenzado la escuela cuando le diagnosticaron un problema visual a raíz de un virus que le paralizó un músculo. “Supuestamente era operable pero nunca iba a recuperar la visión. Como en Viedma todavía no había mucha tecnología, en un primer momento me dijeron que podía ser un tumor”, cuenta.

A los seis años inició su recorrido por los hospitales de Buenos Aires, a casi 1000 kilómetros de su ciudad. Primero fue al Garrahan, pero extraviaron su historia clínica y pidió la derivación al Italiano. Hacia allí viajó todas las semanas durante cuatro años para seguir un tratamiento que le impidió asistir regularmente a la Primaria. Desde más pequeña practicaba gimnasia artística en el Club Sol de Mayo, es por eso que decidió operarse para evitar los anteojos. “La primera operación duró seis horas y no salió del todo bien. Al otro día me volvieron a operar en cuatro horas. Me dijeron que nunca iba a recuperar toda la visión y que igualmente iba a tener que usar anteojos”. Para su suerte, contra los pronósticos médicos y con la ayuda de ejercicios recuperó el 100%. Prueba superada.

PASIÓN

Milagros y la gimnasia artística tuvieron un nuevo desencuentro cuando ella, a los 12 años, pegó el estirón y superó la altura de la barra. Sus hermanos, los dos amantes del básquet, jugaban en Sol de Mayo. “A mí nunca me gustó por el roce. La gimnasia era totalmente diferente”, reconoce. Saltó al vóley pero no le convenció, entonces le dio una oportunidad a la naranja y a los 13 ya entrenaba con la Primera. Eso sí, sólo una hora dos veces por semana, sin competencia y con un amistoso cada tres o cuatro meses frente a Bahía Blanca. A los 15 se fue a Atenas de Patagones por cuestiones personales, donde jugó un año y medio hasta que dieron de baja la rama femenina porque no tenían cancha para entrenar. Era prioritaria la participación de los varones en el TNA. “Me volví a Sol de Mayo. Fue horrible pero iba para no perder ritmo porque quería jugar en la Selección de provincia. Mi objetivo era la Selección: tenía un torneo en mayo y otro en noviembre. Yo entrenaba para eso”, asegura.

Con Río Negro participó en varias ediciones de los Juegos Patagónicos EPADE y los Juegos de la Araucanía, y tuvo la posibilidad de formar parte del 1° Campus de Básquet Femenino a cargo de los entrenadores de las selecciones formativas argentinas. 

 

Casi sin darse cuenta, Milagros se enamoró del básquet y empezó a soñar con jugar en la Selección Nacional. Es así que con 15 años preparó sus valijas y se vino para La Plata a buscar el roce de competencia que no había en Viedma. Su estadía fue más corta de lo planeado porque “en tres o cuatro meses pegué la vuelta. No me adapté, extrañaba mucho y estaba yendo a una escuela que tenía mucha carga horaria a la que no estaba acostumbrada. Al mes y medio me lesioné; había venido por el básquet y no podía jugar”. 

Alejada de las canchas, empezaron los ataques de pánico y los problemas de alimentación: en pocos meses perdió 20 kg. Siguieron los análisis, estudios e internaciones sin resultados y la recomendación de distanciarse del básquet. “El no rendir en la cancha me generaba mucha frustración y no colaboraba con mi estado de ánimo para la recuperación”, cuenta. Sólo el entrenador de la Selección de Río Negro pudo convencerla para jugar un Torneo Sub 19: “yo no quería jugar más pero quiso que vaya dos semanas para entrenar en Bariloche, sin importar cómo estaba físicamente, sólo para que pueda compartir con mis amigas”. Agradecida por ese gesto, recuerda que “fue una escapatoria para encontrarme con mis compañeras, éramos una camada que empezó a jugar con 14. Me hizo bien”.

REFUGIO Y LIBERTAD

Hay que retroceder en el tiempo y volver a cuando tenía sólo seis años para encontrar la raíz de todos los problemas. Su abuelo materno empezó a abusar sexualmente de ella y lo hizo reiteradas veces hasta los ocho o nueve, es decir durante por lo menos tres años. Milagros no lo contó y la razón no tuvo tanto que ver con el miedo, sino con que no sabía lo que le estaba pasando. Era una nena. Los recuerdos de una infancia rota les vinieron de grande en el momento en que su cuerpo empezó a pedir auxilio. En la cancha de básquet Mili podía expresarse sin ataduras, por eso el deporte fue tan importante durante su niñez y adolescencia. “Afuera de la cancha era totalmente diferente, otra persona. En la cancha era yo. Era mi momento, iba al club, me despejaba y no pensaba en nada más”. Ahora también estaba perdiendo la posibilidad de vivir esa libertad.

Como los análisis no arrojaron resultados ni dieron señales de alerta, la llevaron a una psicóloga. “Me pidió que dibuje una nube, la lluvia y una chica. Dibujé la nube, la lluvia y la chica debajo de la lluvia. Me explicó lo que significaba: había algo en mí que me estaba matando desde chiquita. En ese momento lo largué”. Como era menor de edad, si intervenía la psicóloga también debía hacerlo la Justicia, y “no estaba preparada para eso, sólo quería paz. Le pedí tiempo para contárselo a mi familia y me dijo que de ahí en más lo que pasara en las terapias dependía de mí”.

A los 17 cursaba el último año de la Secundaria en Viedma y planeaba darle una segunda oportunidad a La Plata para retomar el deporte. “Fue un año muy difícil porque estaba empezando a canalizar todo lo que me pasaba y me alejé de todas mis amigas. A básquet iba de vez en cuando y entrenaba muy poco con la Selección”, recuerda con algo de tristeza. 

En noviembre de 2016, a pocos días de su acto y fiesta de graduación, escapó de la ducha con un ataque de pánico. En eso vio a su papá y sintió que era el momento de hablar sobre eso que había anulado por más de diez años y la estaba matando por dentro. No habló tarde. Habló cuando pudo. “Mi papá quiso salir a matarlo. Lo frené y le pedí que no haga nada porque no estaba preparada para contárselo a mamá”. Su hermano Joaquín también lo supo y fue un soporte fundamental. Antes de sincerarse con la mamá, tuvo el deseo de preguntarle a su propio abusador por qué lo había hecho. “Él estaba internado, así que fui a la clínica. Cuando entré estaban mi hermano y mi mamá, me quedé paralizada, no pude. Recuerdo que me fui a entrenar y cuando salí mi papá me dio la noticia de que había muerto. No alcancé a decirle nada. Me quedé con eso atragantado, después lo superé”, cuenta con rastros de bronca. 

Milagros decidió guardar silencio al comprender la tristeza de su mamá por la pérdida del padre, pero después de sufrir otro ataque de pánico no se calló más. Ese día todo cambió porque al fin pudo empezar a cicatrizar la herida del capítulo más terrible de su historia. Sus hermanos Florencia y Leandro lo supieron tiempo después, pero ella no esperaba enterarse de que Florencia había sido una víctima más. “En ese momento Flor largó el llanto y nos contó que había sufrido el mismo abuso por la misma persona. Me quedé en shock. No lo sabía”

Mili tomó conciencia de que su historia es de la de otras personas que ya hablaron y muchas que probablemente no lo hicieron ni lo harán: “ahora no tengo ningún problema en hablar porque puedo ayudar a otras chicas que pasaron o están pasando por la misma situación. Cuando lo conté en las redes sociales me hablaron un montón de chicas para contarme la suya o para preguntarme cómo decirlo o a qué psicólogo iba”.

HERMANDAD

En el 2017  “me vine a jugar el básquet pero tenía que estudiar”. Instalada en La Plata, Milagros empezó la carrera de óptica ocular y optometría en la UNLP, aunque a los meses abandonó y se pasó a Educación Física. Regresó a Estrella de Berisso, entrenó en la categoría U19 y fue una de las juveniles del plantel de Metro y de la Liga Femenina en tiempos de Andrea Boquete y Ornella Santana, las dos jugadoras de Selección Nacional. “Siempre dije que quería vivir del básquet, pero en ese momento hice el click y me di cuenta que no era lo que quería”, reconoce.

El año pasado recaló en Platense y allí encontró lo que estaba buscando: “quería jugar con mi hermana. Era otra cosa, otro torneo. Ahí vas a disfrutar con amigas más allá de la competencia. Jugar con mi hermana fue cumplir un sueño”. Hoy recuerda con alegría el día de su debut en el club tricolor. “Tenía muchos nervios. Pato Valera recién empezaba como entrenador y no nos puso en ningún momento juntas en ese primer partido. Me sacaba a mí y entraba ella. Como no me callo nada le dije -no me pusiste con Florencia-”, cuenta entre risas.

El básquet dejó de ser una prioridad y ya no sueña con vivir del deporte, pero es una de las mujeres que lucha por la igualdad de género en éste y todos los ámbitos.”Ojalá que se asemeje al básquet de los varones, pero es bastante difícil. Por eso peleamos por una Selección Platense femenina. Aportamos nuestro granito de arena donde podamos y ojalá a futuro crezca”.

La historia de Milagros no es ejemplo ni debe serlo, pero sí lo son su coraje y valentía para dar testimonio y por medio de la palabra ayudar a un montón de personas que están pasando por la misma situación. Con la bandera de Ni una menos en alto, este 3 de junio Milagros abraza a todas las víctimas de violencia de género, las que hablaron y las que no. Y por supuesto, todos la abrazamos a ella.

Fuente: Semanadelbasquet.com.ar

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